La mañana siguiente fue amarga.
La neblina aún cubría el suelo, arrastrándose como un velo de luto sobre los restos del combate, Calia, de pie junto a Luz, observaba en silencio cómo los cuerpos de los caídos, tanto lobos como vampiros, eran dispuestos en el claro central. La muerte había dejado su huella profunda en el corazón de la manada de Calyx... y también en los suyos.
Aleckey, al frente, mantenía una postura rígida. Solo su mandíbula, tensa, revelaba la furia contenida que lo consumía d