El cuerpo desnudo del rey permanecía justo al lado de su luna, cálido y sereno. Calia tenía su cabeza recostada en el pecho firme de Aleckey, que se elevaba y descendía con cada respiración pausada, rítmica, como si su alma, por fin, hubiera hallado descanso.
La caricia familiar de una mano grande sobre su cintura la sacó del sopor. Sus pestañas parpadearon con lentitud, aún aferradas al último fragmento del sueño. Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue a Aleckey, mirándola con devoción.