28. LA FURIA DEL ALFA
KAELA:
Mis garras se hundieron en su espalda, desgarrándola en un intento desesperado por aferrarme a lo poco que quedaba de mi autocontrol, ese frágil vestigio de humanidad que luchaba por no ceder ante el caos desenfrenado que él despertaba en mí. Pero Kaesar no me lo permitiría. Se aseguraba de romper cada una de mis defensas con una precisión despiadada, redibujando los límites de mi resistencia cada vez que su boca se movía sobre mi piel, dejando rastros de calor abrasador que se mezclaban