El cielo estaba teñido de un profundo azul violáceo, salpicado por las primeras estrellas que aparecían tímidamente sobre nosotros. El aire de la noche era limpio, cargado de un aroma a tierra fresca y bosques en calma. Me encontraba de pie en el centro del claro sagrado, con Kaesar a mi lado. A pesar de toda la fuerza que siempre irradiaba, podía sentir en él esa vibración contenida, ese respeto solemne por lo que estábamos a punto de hacer.
La Colina de la Luna, el lugar sagrado de toda cer