114. SEGUROS O ATRAPADOS
KAELA:
El silencio del palacio era engañoso, como un manto de seda sobre una daga afilada. Las paredes susurraban secretos en lenguas olvidadas, y el aire olía a hierbas secas y sangre antigua. Kaesar no apartaba la vista de las ventanas, sus pupilas de lobo contraídas al acecho.
—No es solo el aire —murmuró, tensando los dedos sobre mi hombro—. Algo más está mal.
Entonces lo oímos: un crujido en los pisos superiores, como garras arrastrándose sobre el mármol. Mi corazón se aceleró, rebelde