Clara acababa de terminar de barrer la galería cuando oyó el motor de un coche estacionar frente a la casa. Se asomó por la ventana, con el ceño fruncido.
Un coche negro. Elegante. Con chofer.
—No puede ser… —murmuró, sintiendo cómo el estómago le daba un vuelco.
La puerta trasera del vehículo se abrió y, como salido de un sueño extraño, apareció don Rafael, con su bastón de madera noble y su sombrero a tono. La misma presencia imponente de siempre, pero con los hombros más caídos y la mirada…