El ruido del portazo aún retumbaba en su cabeza cuando Gonzalo entró de nuevo en la oficina. Mateo cerró detrás de él, sin decir nada.Gonzalo se pasó ambas manos por el rostro, como si pudiera borrarse la culpa con un simple gesto.—¿Quieres hielo? —preguntó Mateo, señalando sus nudillos enrojecidos.Gonzalo negó, con un gesto brusco.—¿Quieres hablar?Otra negativa.Mateo se dejó caer en una silla, lo observó en silencio y, finalmente, dijo:—No te reconozco cuando estás así.Gonzalo se detuvo
Masha Leon
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