Al llegar, el aire del pueblo le golpeó con esa mezcla de pan recién hecho, leña húmeda y tierra. Respiró hondo. Le gustaba esa sensación. Le gustaba todo lo que, sin saberlo, lo acercaba a Clara.
Tocó el timbre de la casa a las once en punto. Nada de llegar tarde, no esta vez. El que abrió la puerta fue el padre de Clara. Mismo gesto de siempre: ceño fruncido, mirada severa, brazos cruzados.
—Buenos días, don Luis.
—Ajá —fue todo lo que recibió como respuesta antes de que el hombre se girara y