La sala de espera olía a desinfectante, café barato y nervios. Clara sentía que el corazón le palpitaba más en el estómago que en el pecho. Estaba acostumbrada a ir sola, a rellenar los formularios sola, a escuchar las palabras de la obstetra sola. Pero esta vez, Gonzalo estaba a su lado. Sentado. En silencio. Demasiado recto para parecer relajado.
Ella hojeaba una revista de hace tres años sin leer una sola línea. Él movía una pierna, sin parar.
—¿Siempre se tarda tanto? —preguntó él, rompiend