—Te ves mal, Clara. ¿Puedo pasar? —dijo él, mirándola con ese aire tranquilo que conseguía sacarla de quicio.
Ella no respondió. Simplemente se giró, caminó tambaleante hacia el sofá y se dejó caer sobre él como si el mundo no existiera.
Gonzalo cerró la puerta y avanzó hacia la mesilla, donde la botella de vino a medio terminar parecía confirmar lo que ya sospechaba.
—Siempre el mismo día… —murmuró Clara, señalando el televisor con un gesto vago—. Es muy triste. Ella al final se muere.
—Gracia