Las tres amigas estaban sentadas en el sofá, rodeando la mesita del salón. La cajita, abierta en el centro, parecía un invitado inesperado al debate. Martina, con su habitual curiosidad tecnológica, le hizo una foto y se puso a buscar en internet.
—Definitivamente, eso —dijo señalando la caja con el dedo, mientras alzaba una ceja— no es para las orejas.
—¡Os lo dije! —chilló Paula, llevándose las manos a la cabeza, como si estuviera viendo una revelación divina.
Clara frunció el ceño, mirándola