La tarde había caído sobre el pueblo con ese tono dorado que parecía suavizarlo todo, incluso el silencio. Clara estaba sentada en el porche de la casa de sus padres, con las piernas cubiertas por una manta tejida y una taza de manzanilla entre las manos. La panza ya no se disimulaba; el embarazo avanzaba a paso firme, aunque ella seguía sin encontrar equilibrio en su interior.
—¿Otra vez en las nubes? —dijo una voz rasposa detrás de ella.
Doña Milagros apareció con su andar lento, pero firme,