El viento agitaba las copas de los cipreses, alto y constante, como un murmullo viejo que recorría los pasillos de piedra y mármol del cementerio. Gonzalo caminó despacio por el sendero de grava, con la mirada fija al frente. Llevaba flores, aunque sabía que no era eso lo que importaba. Nadie lo esperaba. Nadie podía contestarle.
Se detuvo frente a la lápida gris, pulida, simple. Sin ostentaciones. “Alicia y Jorge Ferraz. Amados padres. Siempre en nuestro recuerdo”.
—No sé si estoy aquí por cul