El clic de la puerta al cerrarse fue apenas un susurro, pero en su pecho sonó como un portazo. Clara se apoyó en la pared, con las manos temblorosas. Paula no dijo nada; simplemente le puso una manta sobre los hombros antes de desaparecer por el pasillo con sigilo. Ni ella ni Martina eran de las que forzaban conversaciones cuando sabían que el corazón dolía demasiado.
Clara se dejó deslizar hasta el suelo. El pijama le apretaba el vientre más de lo habitual. Lo acarició con una ternura mecánica