La fiesta seguía, pero Gonzalo no podía oír ni ver nada más. Solo la buscaba a ella. Entre copas, vestidos y rostros conocidos. Como un náufrago que atisba un faro entre la niebla.
Finalmente, la encontró en uno de los balcones laterales. Estaba de espaldas, con los brazos apoyados en la baranda. El vestido claro que llevaba se movía suavemente con el viento. El pelo recogido en una trenza suelta le dejaba el cuello al descubierto. Gonzalo sintió que todo lo que tenía que decirle se le amontona