Una peli

La tarde había caído lentamente sobre el casoplón, y la lluvia de la mañana se había transformado en un murmullo suave contra los ventanales. Me encontraba acurrucada en el sofá, con una manta sobre las piernas, mientras Adrián caminaba por la sala moviendo algunas cosas de un lado a otro, con esa seguridad ruda que siempre tenía, incluso en momentos de tranquilidad.

—Mm… —gruñó mientras se sentaba frente a mí—. ¿Te apetece ver una película? Algo ligero. Para pasar la tarde sin pensar en nada más.

Asentí, con la sensación de que cualquier cosa que él propusiera se transformaba en un juego, en una manera de acercarnos sin palabras, en un espacio donde podíamos ser nosotros mismos.

—Mm… —dije, tratando de sonar casual—. Sí… me apetece.

Él sonrió de esa manera provocadora, ruda y segura que me hacía sonrojarme, y comenzó a preparar la sala para la película. Yo lo observaba desde mi rincón, notando cada movimiento suyo, cada gesto que me recordaba lo que había pasado por la mañana. La cercanía todavía se sentía, incluso en los momentos más simples.

—Mm… —gruñó, mientras ajustaba la luz y ponía la película—. Antes de que empiece, quería hablar un momento sobre el trabajo. Solo un momento, prometo no aburrirte.

—Mm… —susurré, tratando de mantener la concentración—. Está bien.

Se inclinó hacia mí mientras hablaba de los proyectos recientes y de algunos detalles del trabajo que necesitaban ajustes. Su voz era firme, profesional, pero cada palabra tenía un matiz suave cuando me miraba, como si quisiera asegurarse de que entendía todo y al mismo tiempo no perder la cercanía que se había creado entre nosotros.

—Mm… —gruñí para mí misma, mientras lo escuchaba—. Incluso cuando habla de trabajo, no puedo dejar de sentirlo cerca.

Tras unos minutos de conversación, la película comenzó. Nos sentamos uno al lado del otro en el sofá, la manta compartida, y un silencio cómodo llenó la habitación. Sin embargo, la tensión entre nosotros era palpable. Cada roce accidental de sus piernas con las mías, cada mirada rápida, cada sonrisa ligera, hacía que mi corazón latiera con fuerza.

—Mm… —susurré para mí misma—. Maldita sea… esto es imposible de ignorar.

Adrián, consciente de la cercanía, se inclinaba ligeramente hacia mí para pasarme las palomitas o ajustar la manta, sin perder el control, rudo y provocador al mismo tiempo. Era imposible no sentir la intensidad de sus movimientos, la forma en que me miraba, y la manera en que incluso lo más cotidiano se volvía un juego de miradas y sutilezas cargadas de deseo.

—Mm… —gruñí, mientras tomaba una palomita que él me ofrecía—. Todo en él me vuelve loca… y sé que no debería sentir esto.

Nos reímos con algunas escenas de la película, y aunque las palabras eran ligeras, los silencios lo decían todo. Cada vez que me rozaba accidentalmente al inclinarse para acomodarse mejor, sentía que mi cuerpo respondía de inmediato. Cada roce era un recordatorio de la conexión que habíamos comenzado a construir esa mañana, de la chispa que aún no podíamos controlar.

—Mm… —murmuré, mientras me acomodaba un poco más cerca de él—. No puedo… no quiero… separarme de él.

Él se dio cuenta de mi movimiento y me lanzó una mirada ruda, provocadora, y sin decir una palabra, me hizo sentir que estaba justo donde quería. Mi corazón se aceleró, y su cercanía me resultó abrumadora pero también perfecta.

—Mm… —susurré internamente—. Maldita sea… lo quiero más de lo que debería admitir.

Durante la tarde, entre risas, diálogos sobre la película y comentarios sobre el trabajo, la tensión seguía creciendo. Cada vez que nuestros brazos o piernas se rozaban, cada vez que su mirada me encontraba, sentía un calor que no podía ignorar. No había besos, no había caricias explícitas, pero la provocación estaba ahí, en cada gesto y en cada silencio compartido.

—Mm… —gruñí para mí misma—. Esto es demasiado… pero no quiero que termine.

Cuando la película llegó a una escena particularmente emotiva, él se inclinó ligeramente hacia mí, y sin previo aviso, nuestras manos se encontraron sobre la manta. Un pequeño roce, pero suficiente para que todo mi cuerpo reaccionara. Sentí cómo su mirada me atravesaba, cómo cada gesto suyo estaba cargado de intención, y cómo el deseo entre nosotros se volvía casi tangible.

—Mm… —susurré, temblando un poco—. Esto es imposible… pero lo disfruto demasiado.

La tarde continuó así, con la película de fondo, conversaciones ligeras sobre el trabajo y momentos de tensión contenida que hacían que mi mente se desbordara en pensamientos de él. Cada gesto, cada mirada, cada roce accidental me hacía sentir que lo quería más, que deseaba estar cerca de él, que quería que aquello no terminara nunca.

—Mm… —susurré mientras recostaba la cabeza un poco más cerca de él—. Lo quiero. Lo deseo. Lo amo… y esto apenas empieza.

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