La película había terminado, y la luz tenue de la sala hacía que todo se sintiera más cálido, más cercano. Adrián se levantó del sofá y caminó hacia el altavoz sin decir palabra, mientras yo me acomodaba la manta sobre los hombros, todavía sintiendo el calor de su presencia.
—Mm… —gruñó, rudo, con esa seguridad que me hacía sonrojar—. Creo que necesitamos música. Algo más… movido.
Seleccionó una canción de bachata suave, y los primeros acordes llenaron la sala. La melodía era lenta, sensual, y