Límites borrosos

El miércoles llegó cargado de trabajo, pero a mí me costaba concentrarme. Cada vez que entraba en la oficina, esperaba verlo, y cuando lo hacía, el calor de su presencia me atravesaba como un relámpago. Era imposible ignorarlo, imposible fingir que lo que sentía por él era solo atracción pasajera.

—Señorita Ruiz —dijo Adrián al pasar junto a mi escritorio, rudo y grave—. ¿Ya terminaste los informes que te pedí?

—Casi —respondí, tratando de mantener la voz neutra—. Solo me falta revisar unos detalles.

Se inclinó ligeramente para mirar la pantalla conmigo, y mi corazón dio un vuelco. Su hombro rozó el mío, y sentí cómo la tensión que había entre nosotros se volvía casi insoportable. Intenté concentrarme en los números, en los gráficos, en cualquier cosa que no fuera él, pero era imposible.

—Mm… —susurró, rudo, su aliento rozando mi oído—. Parece que no puedes concentrarte del todo.

—Estoy bien —contesté, aunque mi respiración se aceleraba—. Solo es mucho trabajo.

—Hm —gruñó, arqueando una ceja—. Lo que sea que sientes, intenta controlarlo. No quiero distracciones en mi oficina.

Intenté desviar la mirada, pero cada vez que él se inclinaba para revisar algo, cada gesto suyo, cada roce de sus brazos o manos, me hacía estremecer. Sabía que él estaba consciente de la tensión entre nosotros y que disfrutaba provocándome, manteniendo todo dentro de los límites profesionales, pero dejándome completamente vulnerable.

Más tarde, en la sala de reuniones, la tensión subió un nivel. Estábamos revisando un proyecto conjunto y, de repente, él se inclinó hacia mí para señalar un detalle en el gráfico. Su mano apenas rozó la mía y, aunque fue un contacto mínimo, sentí cómo un escalofrío recorría todo mi cuerpo.

—Mm… —dijo, rudo y grave, susurrando cerca de mi oído—. Esto es más intenso de lo que parece.

—No… no es solo eso —susurré, consciente de que mis mejillas ardían—. Es… tú.

—Mm… —repitió, arqueando una ceja y con una sonrisa apenas perceptible—. Sí, soy yo. Y sabes que no podemos ignorarlo.

Intenté concentrarme en los informes, pero era imposible. Cada palabra, cada gesto, cada roce suyo me mantenía atrapada en un juego que no podía ganar. Sabía que Adrián estaba jugando con la tensión de manera controlada, ruda y provocadora, y yo estaba completamente atrapada en ese fuego silencioso.

Durante la pausa, salimos al patio de la oficina para tomar un poco de aire fresco. El sol golpeaba suavemente, pero yo solo podía sentir la cercanía de su cuerpo. Se apoyó contra la pared, y yo me encontré acercándome sin darme cuenta.

—Estás más distraída que nunca —dijo, susurrando mientras se inclinaba ligeramente hacia mí, su aliento cálido acariciando mi oído—. ¿Qué pasa por tu mente?

—No… no lo sé —admití, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba—. Solo… no puedo dejar de pensar en ti.

—Mm… —gruñó, rudo y provocador—. Sabía que eso pasaría. No puedes evitarlo, ¿verdad?

—No… —susurré, incapaz de mentir—. Cada vez que estamos cerca… pierdo el control.

—Mm… —dijo, arqueando una ceja—. Eso es parte del juego. Y parece que te gusta… más de lo que admites.

Sentí cómo su mano se acercaba ligeramente a mi espalda, apenas tocándome mientras nos movíamos juntos en el pequeño patio. Cada roce era medido, provocador, y a la vez completamente contenido. Era imposible ignorarlo, imposible mantener la distancia emocional que necesitaba.

—Esto… —susurré, intentando apartar la mente—. Esto es demasiado.

—Mm… —respondió, rudo y grave—. Demasiado, sí. Pero a veces lo demasiado es lo que hace que valga la pena.

Mientras hablábamos, sentí cómo me atraía hacia él sin poder resistirme. Cada gesto suyo, cada mirada intensa, cada susurro cargado de provocación me dejaba sin aire. Sabía que estaba cruzando una línea emocional que nunca antes había sentido y que cada encuentro con él me acercaba más a un límite que no podría ignorar.

—Adrián… —susurré, casi sin poder hablar—. No sé cómo manejar esto.

—Mm… —gruñó, rudo, acercando su rostro al mío apenas unos centímetros—. No intentes manejarlo. Solo siente. Siente lo que ocurre.

Mi respiración se volvió más rápida, y el calor en mi piel aumentó. Cada palabra, cada gesto, cada roce estaba calculado para provocarme mientras mantenía la línea profesional, y yo no podía apartar la mente de lo que estaba sintiendo. Cada contacto, cada mirada, cada susurro suyo en mi oído me dejaba más cerca de perder el control.

—No puedo… —murmuré, consciente de que estaba al borde de romperme emocionalmente—. Esto es imposible.

—Mm… —contestó, rudo y provocador—. Lo imposible es lo más interesante. Y parece que estás empezando a descubrirlo por ti misma.

Nos quedamos en silencio unos segundos, mirándonos, conscientes de la distancia mínima entre nuestros cuerpos, de la respiración compartida, de la tensión que crecía. Era un momento cargado de todo lo que no habíamos dicho y que no podíamos ignorar: deseo, provocación, emociones profundas que empezaban a mezclarse.

Cuando finalmente nos separamos para volver a la oficina, supe que algo había cambiado dentro de mí. Cada roce, cada susurro, cada mirada intensa me había acercado más a él, y sabía que el próximo encuentro sería aún más peligroso y emocionalmente intenso.

Mientras me sentaba frente a mi escritorio, el pensamiento era inevitable: no podía ignorar lo que sentía por Adrián, y cada segundo con él me acercaba más al límite donde el deseo y la emoción se convertirían en algo que no podría controlar.

Sabía que estaba jugando con fuego, y también sabía que estaba cayendo en la llama sin posibilidad de escapar. Cada momento con él, incluso en un contexto profesional, estaba cargado de provocación y tensión, y yo empezaba a darme cuenta de que no había vuelta atrás.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App