Inicio / Romance / Mi jefe, mi enemigo / Sentimientos en conflicto
Sentimientos en conflicto

El lunes llegó demasiado rápido después del fin de semana intenso. Aún podía sentir el calor del sábado y del domingo, las horas pegada a Adrián bailando bachata, susurros que me habían hecho perder el aliento, y esa sensación constante de peligro que me provocaba cada roce suyo. Entré a la oficina intentando actuar como si todo estuviera normal, pero el recuerdo de su cercanía seguía ardiendo en mi piel y en mi mente.

—Buenos días, señorita Ruiz —dijo Adrián al entrar en la sala, su voz grave resonando en mis oídos y provocando un escalofrío que no podía controlar—. Espero que tu fin de semana haya sido productivo.

—Buenos días —contesté, tratando de mantener la voz neutra—. Sí, muy productivo.

Él me observó de pies a cabeza, con esa mirada ruda que siempre lograba desarmarme. No dijo nada más, pero el silencio entre nosotros estaba cargado de tensión. Cada vez que nos cruzábamos, sentía esa electricidad que había empezado el sábado y que parecía no tener fin.

—Necesito que revises los informes antes de la reunión de la tarde —dijo, rudo—. Quiero que cada detalle esté perfecto.

—Por supuesto, señor —respondí, aunque mi mente estaba ocupada en otra cosa: cómo mantenerme profesional mientras sentía todo lo que sentía por él.

Mientras revisaba los documentos, sentí su presencia detrás de mí. No podía evitarlo: mi respiración se aceleraba y mi corazón latía con fuerza. Cada vez que se inclinaba ligeramente para señalar algo en la pantalla, la proximidad de su cuerpo me provocaba y me dejaba sin aire. Intenté concentrarme, pero era imposible.

—Mm… —susurró cerca de mi oído mientras pasaba por mi escritorio, rudo y grave—. Parece que algo te distrae.

—No… —dije, tartamudeando un poco, aunque sabía que él notaría mi incomodidad—. Estoy concentrada, solo… revisando los informes.

—Hm —gruñó, arqueando una ceja—. Bien, pero recuerda: concentración total. Incluso con distracciones cercanas.

No pude evitar sonreír por dentro. “Distracciones cercanas” podía significar muchas cosas, y yo sabía exactamente a qué se refería. Cada roce accidental de su brazo, cada gesto suyo, cada palabra contenida estaba diseñada para provocarme y, al mismo tiempo, mantener todo dentro de los límites profesionales.

Más tarde, en la sala de reuniones, sentí que la tensión aumentaba. Estábamos sentados a la misma mesa, revisando gráficos y proyectando planes futuros, pero no podía apartar la mente de la cercanía de su cuerpo. Cada vez que me inclinaba para señalar algo, él estaba allí, apenas rozando mi espalda con su brazo, provocando una reacción que no podía controlar.

—Señorita Ruiz —dijo finalmente, rudo, sin apartar la vista de los documentos—. Tienes que aprender a manejar lo que sientes. Esto no es solo cuestión de trabajo.

—Lo sé —susurré, consciente de que mis mejillas estaban ardiendo—. Estoy intentando…

—Mm… —interrumpió, arqueando una ceja con esa mezcla de provocación y seriedad—. Intentar no siempre es suficiente. A veces hay que aceptar lo que se siente.

Mi corazón dio un vuelco. Cada palabra suya, cada mirada intensa, cada gesto rudo y controlado me hacía más consciente de lo que estaba empezando a sentir por él. No era solo atracción; había algo más profundo que me estaba atrapando sin que pudiera detenerlo.

Durante la pausa del almuerzo, nos encontramos en el pequeño patio de la oficina. Él se apoyó contra la pared con esa postura ruda que me ponía los nervios de punta, y yo me sentí como si fuera imposible mantener la calma.

—Estás distraída —dijo, susurrando mientras se inclinaba ligeramente hacia mí, su aliento cálido rozando mi oído—. ¿Qué pasa por tu cabeza?

—Nada… —contesté, tratando de ocultar lo que sentía—. Solo pensando en los informes.

—Mm… —gruñó, rudo y grave—. No mientas. Sé cuándo mientes. Y sé exactamente lo que estás sintiendo.

Me quedé en silencio, sin poder negarlo. Él tenía razón: estaba completamente atrapada en lo que sentía por él, y no podía ignorarlo más. Cada roce, cada mirada, cada interacción de los últimos días había hecho que me cuestionara todo: lo que sentía, lo que quería, y hasta dónde estaba dispuesta a dejarme llevar.

—No puedo evitarlo —admití, susurrando, mientras sentía cómo mi corazón latía con fuerza—. Cada vez que estás cerca… siento demasiado.

—Mm… —dijo, rudo, arqueando una ceja—. Eso es parte del juego. Y parece que estás disfrutándolo más de lo que admites.

Su cercanía me provocaba, pero a la vez me mantenía atrapada. Cada palabra, cada gesto, cada susurro suyo me hacía consciente de que estaba cruzando una línea emocional que nunca había sentido antes.

Mientras regresábamos a la oficina, me di cuenta de que estaba empezando a cuestionar todo lo que creía sobre mí misma. Cada encuentro con él me acercaba más a un límite que no sabía si estaba lista para enfrentar, pero que al mismo tiempo no podía ignorar. La atracción, la provocación, la tensión entre nosotros había alcanzado un punto donde ya no podía fingir que no existía.

—Señorita Ruiz —dijo, rudo, mientras abría la puerta de la oficina—. Recuerda algo: lo que sientes no siempre se puede controlar, pero debes aprender a vivir con ello.

—Sí… —susurré, consciente de que cada palabra suya dejaba una marca en mí—. Lo intentaré.

Mientras me sentaba de nuevo en mi escritorio, sentí que algo había cambiado dentro de mí. Cada roce, cada palabra, cada susurro de Adrián me había acercado más a él, y sabía que el próximo encuentro sería aún más intenso, más peligroso y mucho más difícil de ignorar.

Mi mente no podía dejar de repetir lo mismo: estaba atrapada en algo que no podía controlar, y sabía que tarde o temprano tendría que enfrentar lo que realmente sentía por Adrián. Cada segundo con él me acercaba más al límite, y yo sabía que ese límite estaba a punto de romperse.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP