Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche había caído sobre la ciudad, y la luz cálida del casoplón se filtraba a través de los enormes ventanales, creando sombras que danzaban suavemente sobre las paredes. El silencio era distinto ahora: pesado, cargado de algo que no podía ignorar. Después de toda la tarde juntos, cada momento, cada gesto, cada palabra, había dejado un rastro de tensión que parecía acumularse en el aire, esperando a estallar.
Yo estaba sentada en el sofá, la manta cubriéndome las piernas, intentando respirar con normalidad, aunque sabía que ya no podía engañarme. Cada vez que lo miraba, mi corazón se aceleraba, y sentía cómo mi cuerpo respondía de maneras que no tenía intención de controlar. Adrián estaba cerca, apoyado en el respaldo del sofá, su postura tan ruda y segura como siempre, pero ahora había algo diferente en su mirada. Intensidad, deseo contenido, una certeza que me decía que esa noche nada sería igual. —Mm… —susurró, rudo y provocador, inclinándose un poco hacia mí—. Todo el día he estado observándote, Lara. No puedo evitarlo. —Yo… —susurré, con un hilo de voz, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba—. Yo tampoco puedo. Sus labios se curvaron en una sonrisa ruda y medida. No dijo nada más, solo me miró fijamente, y en ese instante, todo lo que había intentado controlar se desmoronó. Las dudas, los miedos, las reglas que me imponía a mí misma… desaparecieron. Solo quedábamos nosotros, atrapados en un instante cargado de tensión. Él se inclinó lentamente, acercándose aún más. Pude sentir el calor de su aliento rozando mi rostro, y un escalofrío recorrió mi espalda. No había prisa, pero cada segundo parecía durar una eternidad. Sus ojos me decían todo lo que sus palabras aún no podían, y yo me sentía al borde de un abismo del que no quería retroceder. Nuestros labios se encontraron de manera lenta, primero un roce tímido y exploratorio. El mundo alrededor desapareció. Todo el ruido de la ciudad, la luz, incluso la sensación del sofá bajo nosotros, se volvió irrelevante. Solo existían sus labios y los míos, y una corriente eléctrica que me atravesaba por completo. —Mm… —susurró, grave, rudo—. Esto es inevitable, Lara. —Sí… —susurré, apenas audible, mientras mis manos temblaban—. Inevitable. El beso se profundizó un poco, más intenso, más urgente, y sentí cómo su mano rozaba suavemente mi brazo, provocando un escalofrío que me subía hasta el cuello. Intenté controlar mi respiración, pero cada roce, cada movimiento suyo, cada susurro, hacía que fuera imposible. —No quiero asustarte —dijo, apartando apenas su rostro, sus labios rozando mi mejilla mientras hablaba—. Pero tampoco quiero retroceder. —No… no tienes que hacerlo —susurré, temblando levemente—. Quiero esto. Su sonrisa ruda se amplió, y sin decir nada más, volvió a inclinarse hacia mí, atrapándome en otro beso. Esta vez, fue más largo, más profundo, y sentí cómo su cuerpo se acercaba al mío de manera sutil pero inequívoca. Cada roce era intencional, cada movimiento calculado para mantener la tensión al límite. Nos separamos apenas unos segundos, respirando agitadamente, mirándonos a los ojos. Sus manos estaban cerca, apoyadas en el sofá, marcando su presencia sin tocarme demasiado, pero suficiente para que yo sintiera cada centímetro de él. —Mm… —susurró, rudo y provocador—. Nunca he sido tan consciente de alguien como lo soy de ti ahora. —Yo tampoco… —dije, sintiendo cómo el calor subía por mi pecho—. Nunca había sentido algo así. Se inclinó un poco más, rozando apenas mi hombro con su torso, y un escalofrío recorrió mi espalda. La proximidad era abrumadora, y podía sentir cómo su respiración se mezclaba con la mía. El silencio entre nosotros estaba cargado de intención, de deseo contenido, de algo que ambos queríamos pero aún no nos atrevíamos a cruzar completamente. —Lara… —dijo, rudo, grave, sus labios apenas rozando mi oído—. No quiero forzarte a nada. Solo quiero que sientas esto. Que lo reconozcas. Que lo disfrutes. —Mm… —susurré, sintiendo cómo mis rodillas temblaban bajo la manta—. Sí… lo siento. Más de lo que debería. Su mirada se profundizó, intensa y ruda, y sentí cómo un escalofrío recorría mi cuerpo. Se inclinó nuevamente y nuestros labios se encontraron otra vez. Esta vez, el beso fue más largo, más cargado de emoción. Sus manos rozaban mi cintura, pero de manera sugerida, provocadora, manteniendo la línea entre la intimidad y la contención. Sentí cómo mi respiración se aceleraba, cómo mi cuerpo respondía de maneras que no podía controlar, y supe que estábamos al borde de algo más, algo que ninguno de los dos podía negar. Cada roce suyo, cada susurro, cada mirada, era un recordatorio de que la tensión que habíamos estado construyendo durante semanas estaba a punto de estallar. —Mm… —susurró, rudo, mientras nos separamos apenas un instante—. Esto… esto es lo más intenso que he sentido en mucho tiempo. —Yo… —susurré, con la voz entrecortada—. No sé cómo manejarlo… pero tampoco quiero hacerlo. Se inclinó nuevamente, y esta vez su mano rozó suavemente mi cuello, bajando lentamente hacia mi hombro. La proximidad era casi insoportable, cada gesto suyo cargado de provocación y deseo contenido. Mis manos temblaban, mi corazón latía desbocado, y su presencia llenaba la habitación de una energía que no podía ignorar. —Lara… —dijo, susurrando cerca de mis labios—. Podría quedarme así toda la noche. Contigo. Solo así. —Mm… —susurré, casi sin aliento—. No sé si quiero que esto termine… Se inclinó un poco más, atrapándome en otro beso, esta vez más profundo, más urgente. Cada roce de sus labios, cada movimiento de su torso, cada susurro cerca de mi oído, me hacía perder la noción de todo lo demás. Podía sentir cómo su deseo se contenía, cómo jugaba con la línea entre la provocación y el control, y sabía que estaba preparando el terreno para algo más, algo que ninguno de los dos podía ignorar por mucho tiempo. Nos separamos apenas un instante, respirando agitadamente, y sus ojos me atravesaron, rudos y cargados de intensidad. Su mano descansaba cerca de la mía, rozando apenas mis dedos, suficiente para que mi cuerpo respondiera sin control. —Mm… —susurró, provocador—. Esto… esto es solo el principio. Y lo sabes. —Sí… —dije, sintiendo cómo mis piernas temblaban—. Lo sé. Y no sé si quiero detenerlo. Se inclinó una vez más, atrapándome en otro beso. Esta vez, sentí cómo su torso se acercaba al mío, cómo sus manos se movían cerca de mi cintura, rozándome sin cruzar límites. Cada roce, cada susurro, cada gesto suyo estaba cargado de intención, de deseo, de una anticipación que nos mantenía al borde de perder el control. Nos separamos de nuevo, respirando agitadamente, y me miró a los ojos con una intensidad que me hizo temblar. —Mm… —susurró, rudo y grave—. No podemos retroceder ahora. Ni tú, ni yo. —No… —susurré, apenas audible—. No quiero retroceder. El silencio se extendió unos segundos, cargado de tensión, mientras nos mirábamos, respirando juntos. La electricidad entre nosotros era palpable, y ambos sabíamos que aquello era solo el principio de algo mucho más intenso. Cada roce, cada beso, cada susurro, había preparado el terreno. Y ambos estábamos conscientes de que, cuando llegara el momento, nada sería igual. La noche avanzaba, y aunque nos manteníamos dentro de los límites de la contención, la tensión era insoportable. Cada gesto suyo, cada palabra, cada mirada, era un recordatorio de que el primer encuentro completo era inevitable. Sabía que tarde o temprano, ambos cruzaríamos esa línea. Nos recostamos en el sofá, apenas rozándonos, y sentí cómo su aliento mezclado con el mío me hacía perder la noción del tiempo. Cada beso, cada roce, cada susurro, era una promesa de lo que estaba por venir. Y aunque aún no habíamos cruzado esa última línea, la anticipación era tan intensa que podía sentirla en cada fibra de mi cuerpo. —Mm… —susurró, rudo, mientras su frente descansaba cerca de la mía—. Esto… esto solo puede terminar de una manera. —Lo sé… —susurré, con la respiración agitada—. Y no quiero detenerlo. Nos miramos en silencio, conscientes de la intensidad de lo que habíamos compartido esa noche. Sabía que aquel primer beso y la cercanía que habíamos alcanzado eran solo el principio, pero también sabía que nada volvería a ser igual. Con Adrián, cada instante estaba cargado de emoción, deseo y tensión, y aquella noche había dejado claro que el límite que nos separaba de lo inevitable se estaba desvaneciendo rápidamente.






