Domingo de proximidad

El domingo amaneció con un cielo limpio y una luz que entraba por la ventana de mi habitación, reflejándose en las paredes. Intenté concentrarme en mis cosas, en tareas que me ayudarían a despejar la mente, pero no lo logré. Cada pensamiento se me escapaba hacia él: Adrián. La forma en que me miraba, su ruda protección, sus susurros provocadores, todo lo vivido el sábado me había dejado completamente desarmada.

Mientras revisaba mi teléfono, vi un mensaje inesperado:

“Si no tienes planes para esta tarde, ven a mi casa. Solo nosotros. Te aseguro que no te arrepentirás.”

Mi corazón dio un vuelco. La idea de pasar tiempo a solas con él me emocionaba y me aterraba a partes iguales. Respiré hondo, intentando ordenar mis pensamientos, y finalmente respondí que sí.

No había un plan claro, no había presiones, solo una tarde juntos. Pero eso era suficiente para que mi mente empezara a anticipar cada segundo.

Al llegar a su casoplón, me quedé un momento paralizada. Era enorme, con ventanales que dejaban pasar la luz de manera perfecta, un jardín cuidado y detalles de lujo que dejaban claro que Adrián no escatimaba en nada. Me recibió con su típica postura ruda, pero con una sonrisa que hacía que mi estómago diera vueltas.

—Bienvenida —dijo, grave, mientras abría la puerta—. Espero que estés lista para algo diferente.

—Mm… —susurré, aún impresionada—. Nunca he estado en un lugar así…

—Hm —gruñó, provocador—. No necesitas acostumbrarte a esto. Solo preocúpate de estar aquí conmigo.

Me hizo pasar y cerró la puerta detrás de nosotros. La sensación de estar solos, en un espacio amplio y silencioso, me hizo sentir vulnerable y emocionada al mismo tiempo. Cada gesto suyo estaba medido, rudo, provocador, y yo no podía apartar la mirada.

—Siéntate —dijo, señalando un sofá enorme en la sala—. Te prepararé algo de beber mientras charlamos.

Me acomodé, todavía sin creer que estaba allí, y observé cómo se movía por la cocina abierta, cada movimiento seguro, cada gesto deliberado. Sentí una mezcla de curiosidad y tensión, como si cada segundo allí estuviera cargado de algo que aún no podía definir completamente.

—¿Quieres café o té? —preguntó, sin mirarme todavía, pero con la voz ruda y grave.

—Café… —susurré, intentando sonar tranquila—. Pero fuerte.

—Mm… —gruñó, provocador—. Como sé que te gusta a ti.

Se inclinó sobre la encimera, ajustando un detalle de la cafetera, y sentí cómo su torso casi rozaba mi mirada. Era imposible no notar la fuerza contenida en cada gesto, la ruda energía que irradiaba y que parecía diseñada para mantenerme alerta y cautiva al mismo tiempo.

—Adrián… —susurré, sin poder evitarlo—. Esto… es demasiado.

—Hm —gruñó, rudo—. Lo sé. Pero creo que puedes manejarlo. O al menos eso espero.

Me senté más recta, consciente de cada movimiento suyo, cada gesto, cada mirada que lanzaba de vez en cuando hacia mí. Mientras preparaba el café, se acercó y apoyó una mano en el borde del sofá, lo suficientemente cerca para que yo sintiera su presencia de manera intensa, pero sin tocarme directamente.

—Mm… —susurró—. Aquí, así, tan cerca… me gusta. Aunque sé que no deberías sentir lo mismo que yo.

—No puedo evitarlo —dije, con un hilo de voz—. Cada vez que estamos cerca… es imposible ignorarlo.

Se inclinó un poco más, dejando su rostro a pocos centímetros del mío mientras hablaba:

—Hm —dijo, provocador—. No quiero que lo ignores. Quiero que lo sientas, que lo reconozcas.

El café listo, lo llevó hasta mí y me lo entregó. Mientras tomaba el primer sorbo, nuestras manos se rozaron de manera casi accidental, pero suficiente para que un escalofrío recorriera mi brazo. Él arqueó una ceja, rudo y provocador, consciente de la reacción que provocaba.

—Mm… —susurró—. Siempre reaccionas así. Es imposible que no lo note.

—No es… intencional —susurré, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba—. Pero supongo que no puedo evitarlo.

Se inclinó hacia atrás, cruzando los brazos, pero sus ojos no me dejaron escapar. Cada mirada suya estaba cargada de intención, de provocación, y yo comenzaba a aceptar que mis sentimientos por él no eran solo confusión o deseo: era algo mucho más intenso.

—Lara… —susurró, grave y rudo—. Hoy no hay excusas, hoy no hay nadie que nos interrumpa. Solo tú y yo. Y quiero que esto sea claro: todo lo que pase aquí depende de ti tanto como de mí.

—Mm… —susurré—. Entiendo…

Se acercó nuevamente, esta vez apoyando la espalda contra el sofá, manteniendo la distancia perfecta para que yo sintiera su presencia pero sin sobrepasar límites. Cada gesto suyo estaba diseñado para mantenerme alerta, para provocar, para jugar con la tensión que ambos sentíamos.

—Mm… —gruñó, provocador—. Es fascinante verte así. Vulnerable, consciente, intentando controlar lo que sientes… pero sin poder realmente.

—No estoy segura de si puedo —susurré—. Cada vez que estoy cerca de ti… es demasiado.

Él arqueó una ceja, rudo y provocador:

—Mm… por eso esto es tan interesante. Porque no hay control. Solo nosotros. Y quiero que lo sientas todo.

Pasamos la tarde hablando, pero cada conversación tenía doble sentido. Cada gesto, cada palabra, cada mirada, mantenía la tensión eléctrica en el aire. Yo sentía cómo mi mente y mi cuerpo se debatían entre la emoción y el miedo, y él parecía disfrutar de mantenerme en ese estado.

—Lara… —dijo finalmente, rudo—. Sabes que esto no es solo juego, ¿verdad? No puedo ignorar lo que siento, y sé que tú tampoco.

—Mm… —susurré—. Sí… lo sé… y no sé si quiero resistirme más.

Su sonrisa ruda y provocadora se amplió, pero no dijo nada más. Simplemente se acercó un poco más, apoyando una mano en el respaldo del sofá detrás de mí, dejándome atrapada en su mirada intensa. Cada segundo de silencio estaba cargado de tensión, y yo no podía moverme, ni quería.

Pasamos horas hablando, compartiendo historias, riendo y provocándonos con palabras y gestos, y al mismo tiempo, sentíamos la cercanía que nos envolvía. Cada roce accidental, cada susurro, cada mirada mantenía la tensión en un punto imposible de ignorar.

Antes de que me diera cuenta, el sol estaba cayendo y la luz dorada llenaba la habitación. Él se acercó más, apoyando suavemente su mano cerca de la mía, y yo sentí cómo todo dentro de mí se desbordaba: emociones, deseos, y la certeza de que lo que sentía por él estaba creciendo de manera imparable.

—Lara… —susurró, rudo y grave—. Hoy solo quería que sintieras esto: que no hay excusas, que no hay escapes. Solo tú y yo. Y quiero que recuerdes cada segundo de esto.

—Mm… —susurré, con la respiración agitada—. Lo recuerdo… y no quiero olvidarlo.

Nos quedamos en silencio un momento, mirándonos, sintiendo la electricidad que existía entre nosotros. Sabía que esto era solo el principio, que cada encuentro nos acercaba más, que cada gesto suyo era una preparación para lo que estaba por venir, y que yo no podría resistirme por mucho tiempo.

Con Adrián, cada momento era intenso, imprevisible, y cargado de emociones que no podía ignorar. Y esa tarde, en su casa, a solas, me di cuenta de que todo lo que estaba por venir sería igual de intenso, imposible de controlar, y mucho más profundo de lo que jamás había imaginado.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App