Capítulo 73. La excusa perfecta
Una hora después estaba medio dormido, perdido entre el olor a desinfectante y el pitido suave del monitor, cuando escuché pasos decididos acercándose por el pasillo.
La puerta se abrió sin previo aviso.
Ginevra entró como si la habitación fuera su oficina y yo estuviera en su escritorio. Llevaba una bolsa de una cafetería elegante y un vaso grande de café. Y sí, la comida era claramente solo para ella.
—Hola —dijo, dejando sus cosas en la silla mientras ya empezaba a abrir un envase—. Me moría