Capítulo 50. Lo que vino después
Cuando la risa se apagó, quedó un silencio tibio.
De esos que no incomodan, pero te dejan consciente de cada respiración, de cada mirada que dura un segundo más de lo necesario.
Ginevra seguía sentada en el borde de la cama, las manos apoyadas en las rodillas, el cabello cayéndole sobre la cara. Se lo apartó con un gesto distraído, y solo entonces pareció recordar que yo seguía ahí, mirándola como un idiota fascinado.
—¿Qué? —preguntó, fingiendo molestia.
—Nada. —Sonreí—. Es que te queda bien e