Capítulo 49. La habitación de Ginevra
Habían pasado unos treinta minutos desde que tratamos de recomponer la tarde con silencios y sorbos de café.
Ginevra estaba en el sofá, los ojos semicerrados, como si por fin el cuerpo le permitiera un respiro. Yo la miraba, sin atreverme a romper esa calma frágil.
Y entonces sonó el timbre.
Ambos nos sobresaltamos. Ella se incorporó, frunció el ceño, y fue hacia la puerta con pasos cortos. No dijo nada; yo me quedé quieto, expectante.
Antes de abrir, ella presionó el botón de la cámara del por