Capítulo 43. La irrupción
El silencio que siguió a su promesa fue casi reverencial.
Ella seguía mirándome, como si las palabras que estaba por decir le pesaran más que el aire.
Entonces sonó el timbre.
Una sola vez. Corta, seca, urgente.
Ginevra dio un pequeño respingo.
—¿Esperas a alguien? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Negó con la cabeza.
El timbre volvió a sonar, más insistente.
Suspiró, resignada, y dejó la copa vacía sobre la mesa.
—Un segundo —murmuró, atándose con rapidez el cinturón de la bata antes de