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Capítulo 20. El puto puberto

Justo cuando sentí que la situación se volvía irremediable, Ginevra se separó un poco, apoyando las manos sobre mis hombros y mirándome a los ojos con una intensidad que me dejó sin aliento. Su respiración era profunda, pero controlada, y su voz, baja y firme, me hizo estremecer:

—Leandro… antes de seguir… necesitamos un preservativo. —Su tono no dejaba lugar a dudas; era una orden suave, pero absoluta.

Mi corazón dio un vuelco. Tragué saliva y, con un suspiro largo, bajé la mirada y admití:

—No… no tengo… —dije, sintiendo cómo el calor de la frustración me subía por la espalda—. No venía preparado… pensé que esto… que todo esto quedaría entre fantasías.

Ginevra me miró durante un segundo que pareció eterno. Sus ojos verdes se oscurecieron con un destello de decepción que me hizo sentir como si hubiera arruinado todo de golpe. Sin decir nada más, se levantó del sofá con una agilidad que me desarmó y, con un paso elegante, desapareció de mi vista.

Me quedé allí, inmóvil, con la cabeza
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