Capítulo 103. Despedido
No toqué el papel, ni el bolígrafo. Ni el borde de la mesa.
Solo la miré mientras dos personas de Recursos Humanos ocupaban sus asientos a un costado, rígidas, profesionales, ajenas a la implosión que se avecinaba.
Ginevra estaba sentada en la cabecera, impecable, erguida, con la carpeta cerrada frente a ella.
No había un rastro, ni uno, de la mujer que había llorado en mi departamento unas horas antes.
La jefa había tomado control.
Pero no por trabajo. Por supervivencia.
—La decisión ya está tomada —anunció Ginevra, sin emoción—. Procedan.
Las mujeres empezaron a leer los términos del despido. Palabras frías, técnicas, impersonales. Yo no escuchaba. El mundo sonaba como si alguien lo hubiese hundido bajo agua.
Ginevra no me miró ni una sola vez.
Cuando terminaron, una de ellas se volvió hacia mí.
—Necesitamos su firma, señor Alberti.
Yo abrí la boca, sin saber qué iba a decir. Pero no me dejaron.
—Pueden dejarnos solos —interrumpió Ginevra, finalmente levantando la mirada.
Su tono no