Capítulo 102. Perdiendo a mi amor.
La ciudad seguía ahí abajo, indiferente, mientras yo apoyaba la frente contra el vidrio frío.
Todo tenía sentido, demasiado sentido, y al mismo tiempo nada lo tenía.
Porque yo sabía. Yo sabía.
No podía mentirme a mí mismo: no fue una sorpresa su reacción. No fue un arranque inesperado. No fue algo que “no pude prever”.
Ginevra no era un misterio para mí.
No después de todo lo que me había dejado ver.
Ella me dejó entrar.
Me dejó verla sin maquillaje emocional, sin máscaras, sin defensas.
Me dejó conocer su forma de protegerse, su forma de cerrarse, su historia con la mentira, su piel reaccionando al más mínimo engaño, su obsesión casi visceral por la verdad aunque doliera.
Me dejó conocerla… y yo usé ese conocimiento para fallarle justo en el punto donde no tenía margen de error.
Sabía cómo iba a reaccionar.
Claro que sabía.
Conocía esa chispa en su mirada que aparece justo antes de quemarlo todo.
Conocía ese temblor imperceptible cuando siente que algo no le cuadra.
Conocía su incapa