Capítulo 101. El silencio que quiebra
Abrí la boca, pero no me salieron las palabras y ese fue mi error.
Mi silencio cayó entre nosotros como una sentencia.
Ginevra esperó. Esperó dos segundos, cinco, diez.
Y cuando entendió que yo no estaba hablando, que no sabía por dónde empezar, que estaba escogiendo torpemente cada palabra como si cualquier sílaba pudiera incendiarla, sus ojos se oscurecieron.
—¿En serio…? —susurró.
No era un susurro suave, era uno afilado. Uno que se sentía como vidrios rotos.
—Ginevra, yo estoy tratando de…
—