Capítulo 101. El silencio que quiebra
Abrí la boca, pero no me salieron las palabras y ese fue mi error.
Mi silencio cayó entre nosotros como una sentencia.
Ginevra esperó. Esperó dos segundos, cinco, diez.
Y cuando entendió que yo no estaba hablando, que no sabía por dónde empezar, que estaba escogiendo torpemente cada palabra como si cualquier sílaba pudiera incendiarla, sus ojos se oscurecieron.
—¿En serio…? —susurró.
No era un susurro suave, era uno afilado. Uno que se sentía como vidrios rotos.
—Ginevra, yo estoy tratando de…
—¡No estás diciendo nada! —me cortó, y su voz se quebró, no de tristeza, sino de pura rabia contenida—. ¡Nada, Leandro!
Yo di un paso hacia ella, pero ella retrocedió uno, como si mi movimiento fuese un golpe.
—Yo te estoy pidiendo la verdad —continuó—. ¡Solo la verdad! Y tú… ¡callado!
—No es que no quiera hablar.
—¡Entonces hazlo! —gritó.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro.
El instinto. Ese pánico a lastimarla, ese miedo a decir lo incorrecto, a empeorar las cosas.
Y por eso…por eso me que