Mundo ficciónIniciar sesiónSe quedó rígida.
Completamente rígida.
Como si mi voz hubiese activado un mecanismo automático de defensa en su cuerpo.
Yo también dejé de respirar.
Sentí mis propias palabras rebotar entre nosotros, como si hubieran salido sin permiso, sin filtro, sin considerar que Ginevra Valentini no era una mujer que supiera recibirlas sin ponerse una armadura primero.
Tragué saliva.
—Ginevra… —intenté suavemente.
Ella se separó apenas, apenas lo suficiente para poder mirarme. Sus ojos estaban hinchados por haber llorado, brillosos, vulnerables. Esa vulnerabilidad que muy pocos podían ver y que yo, joder, yo era el idiota que acababa de exponer aún más.
—No… —susurró, sacudiendo la cabeza—. No… digas eso.
No lo dijo con enojo.
No lo dijo con rechazo.
Lo dijo







