Clara conduce de regreso a casa con los nudillos blancos por la tensión. Había dejado el coche en la estación de tren para el regreso.
El volante tiembla bajo sus manos, no por el movimiento del auto, sino por la angustia que le carcome el alma. Las palabras de Margaret resuenan una y otra vez en su cabeza, como un eco enloquecedor.
—Se llamaba Samuel.
El nombre se le clava como una astilla en la mente. Samuel. Samuel y Lara.
Lara, su hermana. Su hermana que había desaparecido sin dejar rastro