Narra Chloë
Los muros de Royal Herd ya no se sentían como un refugio.
Cada puerta cerrada, cada susurro detenido al pasar, se sentía como un juicio. Como un encierro.
Mi vientre crecía a un ritmo extraño. Elion, mi hijo no nacido, parecía expandir no solo mi cuerpo, sino también mi percepción.
Podía sentir las emociones de quienes me rodeaban como si fueran ecos en una caverna profunda.
Y cada día, la oscuridad se acercaba un poco más.
—No puedes seguir así, Chloë —dijo mi madre esa mañana, mientras acomodaba hierbas para un té que ya no podía endulzar el alma—. Necesitas descansar, pensar en el bebé.
—Él no me deja descansar —susurré—. Me muestra cosas. Me guía.
—¿Y si lo que ves es producto de... lo otro? —me miró con miedo, pero no por mí. Por él.
Negué lentamente.
—No es oscuridad lo que hay en él. Es conocimiento.
Salí al jardín trasero, donde crecía el sauce ancestral de la manada, ese que solo florecía en tiempos de calma.
Estaba seco.
Las ramas caídas parecían huesos.
Fue ahí