Narra Chloë
Sabía que me espiaban.
No era paranoia.
Era instinto.
Esa figura se esfumó por los aires como polvo, sin dejar ningún rastro.
El bosque estaba quieto. Demasiado.
Como si los árboles también contuvieran el aliento.
Desde que se sellaron las defensas mágicas, algo en el ambiente cambió. La sensación de protección había sido reemplazada por otra cosa.
Vigilancia.
Mi madre intentaba mantener la calma en la manada, pero no era ciega. Sabía que algunos comenzaban a murmurar. Sabía que mi hijo era un punto de quiebre. Y sabía, muy dentro suyo, que ya no podían controlar todo lo que se había despertado.
—¿Por qué estás tan silenciosa, Chloë? —preguntó Dalia mientras preparaba un té de raíz amarga para calmar mis pesadillas.
—Porque las voces no paran.
Ella me miró. Inquieta.
—¿Qué voces?
—Las que no deberían hablarme. Las que no son del bebé.
Dalia bajó la vista y removió el té en silencio. Pero sus manos... temblaban.
Esa misma tarde, cuando el sol se escondía tras el cerro, reun