Lydia se mantuvo en silencio durante un tiempo que a Emma le pareció demasiado largo.
Al principio creyó que solo estaba ganando segundos, aferrándose a la soberbia con la que había intentado sostenerse toda la conversación.
Pero luego algo cambió. Fue sutil, aunque no lo suficiente para pasar desapercibido. La tensión en su mandíbula cedió apenas. Sus ojos, antes afilados, empezaron a empañarse con un brillo húmedo que no llegaba a ser lla