Grandísimo imbécil.
Lo que más quería Emma en ese momento era llegar a la mansión cuanto antes.
Necesitaba ver a Mateo. Necesitaba hablarle de Caleb, del apellido Ruiz, de Lydia, de esa sensación sucia de que algo se estaba pudriendo demasiado cerca de ella. Sentía la cabeza a punto de estallarle y el pecho apretado con una mezcla insoportable de rabia, traición y cansancio.
Pero no iba a ser descortés con Dante.
No después de cómo