Ellos mismos lo buscaron.
Su cuerpo quiso relajarse con esa frase de Rubén.
Ganaste la batalla.
Sonaba bien. Sonaba a cierre. Sonaba a justicia.
Pero no.
Emma volvió a leer el mensaje, sintiendo cómo la lucidez le apretaba el estómago, y esa calma que había logrado sostener se le acomodó en otro lugar, más frío, más útil.
Había ganado una simple batalla, sí, la primera, la que te hace creer que el enemigo se va a rendir por vergüenza… cuando en realidad lo único que hace es cambiar de estrategia.
Porque si esto le estaba pasando a ella —con apellido, con recursos, con una familia detrás y con un medio serio dispuesto a publicar pruebas—, ¿qué quedaba para una mujer que no tuviera nada de eso?
Emma miró por la ventana, viendo cómo la ciudad pasaba en manchas elegantes de luz y arquitectura, y sintió una punzada que no era solo rabia.
Era la certeza de que la señora Vict