Tú empezaste.
Damián aflojó el nudo de la corbata con un tirón seco porque, por un instante, el aire dejó de entrarle como debía.
No era asma, no era cansancio, no era nada físico y, aun así, el cuerpo insistía en reaccionar como si lo estuvieran atacando.
Lo que lo estaba sofocando era esa frase.
Esa maldita frase.
El monitor seguía reproduciendo imágenes, pero Damián tuvo que obligarse a parpadear para no quedarse c