Sienna se quedó congelada con las manos todavía cerca de la boca, como si pudiera volver a tragarse la frase que ya había soltado.
Emma, en cambio, no se movió de inmediato.
Se quedó con la mirada fija en Caleb, con esa calma deliberada que ya había aprendido a ponerse como armadura cuando el mundo intentaba empujarla contra la pared.
Porque eso era lo que acababa de pasar.
Una palabra. Un descuido. Y el