Que se entere quién manda ahora.
Emma apenas levantó la mirada hacia Sienna y fue como si le pasara una corriente por el aire.
Su amiga captó el mensaje sin una sola explicación, los ojos se le encendieron, las mejillas se le tiñeron de ese rojo furioso que solo le salía cuando alguien tocaba a Emma donde más dolía, y se acercó lo suficiente para pegar la oreja al teléfono, como si el simple acto de escuchar fuera a servirle para protegerla.
Emma sostuvo el celular con la mano derecha y, por un instante, le molestó notar lo obvio, el leve temblor en sus dedos.
No era miedo ni mucho menos nostalgia.
Era rabia comprimida. Era el recuerdo de una vida en la que esa voz había tenido permiso para desordenarle el corazón… y la certeza de que ya no lo tenía.
Aun así, el cuerpo tardaba en aprender lo que la mente ya había firmado.
Sienna debió notarlo, porque sin hacer un show —milagro— le puso una mano firme en la espalda, un gesto de apoyo sencillo, un ancla silenc