No pasó nada.
Emma no supo cómo formular la pregunta.
La había tenido atravesada durante años, enterrada bajo demasiadas cosas peores, demasiado orgullosa para mirarla de frente y demasiado herida para admitir que seguía ahí, respirando en algún rincón incómodo de su memoria.
Pero ahora, con Lydia sentada delante de ella, con el rostro vencido y la voz rota por un miedo que ya no sabía esconder, aquella duda regresó con una fuerza absurda y le dejó las pala