Es todo tuyo.
A Emma le habría encantado sacar el teléfono, activar la cámara y guardar para la posteridad la expresión de tragedia que había quedado en el rostro sin color de Caleb.
Era una imagen digna de conservar.
La arrogancia se le había borrado de golpe, reemplazada por una palidez casi enfermiza y una incredulidad que lo hacía parecer más pequeño detrás del escritorio que había robado.
Sin embargo, Emma no se movió. Perman