Dos víboras vestidas de elegancia.
La boca de Emma se abrió sola y tuvo que cubrirla con una mano antes de que la sorpresa se le escapara entera en medio del bar.
No podía creerlo.
De verdad no podía.
Durante unos segundos, todo pareció quedar lejos, como si el mundo se hubiese reducido únicamente a la voz de su abogado al otro lado de la línea.
Era demasiado bueno.
Y eso, en lugar de tranquilizarla p