Jared se levantó de nuevo y comenzó a caminar de un extremo a otro de su oficina, con las manos crispadas detrás de la espalda y el ceño tan arrugado que parecía que la rabia se le había incrustado en la piel. No podía quedarse quieto, la inmovilidad le provocaba aun más ansiedad y fastidio.
—No lo entiendo, Killian. No entiendo qué demonios cambió de un momento a otro. ¿Qué fue lo que pasó?
—Tengo entendido que encontró un proyecto que lo entusiasmó todavía más —expuso Killian.
—¡Sí, tal vez!