Rowan permaneció largo rato sentado frente a la mesa de aquella cafetería, con las manos entrelazadas frente a sí y la mirada en la nada. Afuera, las personas caminaban bajo la luz mortecina de la tarde, mientras que las palabras de Hazel seguían repitiéndose en su mente con una claridad cruel, deshilando una a una las certezas que había tenido sobre Nadia y sustituyéndolas por un peso nuevo: la culpa.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la vio, desde aquel día en que todo terminó