La lluvia había cesado, dejando tras de sí un aire denso y cargado de electricidad. Eran las tres de la mañana cuando intercepté a Aria cerca de la verja trasera. Llevaba una mochila pequeña y la misma mirada de animal acorralado que el primer día. No dije una palabra; la tomé del brazo y, con una fuerza nacida de la desesperación y el miedo a perderla, la arrastré por los pasillos laterales hasta la sacristía. Era el único lugar donde nadie nos buscaría a esa hora.
El aroma a incienso y cera d