La lluvia no golpeaba los ventanales del internado; los asediaba. Era una tormenta de esas que parecen querer lavar los pecados de la piedra antigua, acompañada por ráfagas de viento que hacían aullar los pasillos. Yo estaba en mi habitación, intentando concentrarme en la lectura de un breviario bajo la luz de una vela, cuando el trueno más violento de la noche sacudió el edificio.
De repente, la pequeña llama de la vela bailó y se extinguió. La oscuridad total se tragó mi celda. Me quedé inmóv