El frío del mármol bajo el cuerpo de Aria contrastaba violentamente con el fuego que corría por mis venas. Ya no había vuelta atrás. Las sombras de los santos de madera, testigos mudos de siglos de devoción, parecían apartar la mirada ante el espectáculo de nuestra entrega. Mis manos, que tantas veces se habían unido en oración, ahora temblaban al despojarme de las últimas prendas de mi hábito. La sotana negra quedó olvidada en el suelo de piedra, como una piel muerta de la que finalmente me li