(POV Kyler)
Faltaban menos de veinticuatro horas para que el coche del obispado me recogiera y me llevara al puerto. Mi equipaje estaba hecho: tres maletas negras, llenas de libros de teología y ropas talares, apiladas junto a la puerta como lápidas. El internado dormía bajo un silencio sepulcral, roto únicamente por el rugido de una tormenta que parecía querer arrancar las piedras de los muros.
Me asomé a la ventana de mi habitación. El cielo se desgarraba en relámpagos que iluminaban el patio