(POV Kyler)
El despacho del Padre Rodrigo olía a incienso viejo y a papel reseco, un aroma que solía darme paz, pero que esa tarde se me antojaba asfixiante. Estaba sentado frente a él, manteniendo la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el regazo, tratando de proyectar la imagen del seminarista modelo que todos esperaban que fuera.
—Kyler, hijo mío —dijo Rodrigo, ajustándose las gafas mientras observaba unos documentos sobre su escritorio—, tu trayectoria es impecable. El Obispo ha est