(POV Aria)
El sol de la tarde caía sobre el patio con una desidia que me irritaba. Me senté en el murete de piedra, dejando que la falda se deslizara hacia arriba, mucho más de lo que el reglamento —o la decencia— permitiría. Me importaba un bledo. Necesitaba sentir el aire en las piernas para olvidar el peso del vestido rojo de anoche y la opresión de las lágrimas en la habitación.
Entre mis dedos, jugueteaba con un cigarrillo apagado. No lo encendía porque no quería darle a las monjas el plac